martes, 2 de octubre de 2007

La Marcha de los Pingüinos(Luc Jacquet)


Documental francés que narra el extenso, peligroso y épico viaje anual que los pinguinos emperador hacen desde las frías aguas donde habitualmente viven hacia un punto remoto donde se aparean y ponen sus huevos. Rodado en la Antártica, en difíciles condiciones y co-producido por la National Geographic.

La Huelga (Serguei M. Eisenstein)


La huelga (1924), es la primera película de realizada por Sergei M. Eisenstein. Para la interpretación se nutrió del grupo de Teatro Obrero. Los obreros de una importante empresa de la rusa zarista están descontentos y decididos a ir a la huelga. El director de la empresa comunica sus sospechas a altos funcionarios políticos y éstos envían a sus informadores. Se producen reuniones conspirativas de los trabajadores. La tensión se dispara cuando un obrero se suicida al ser acusado injustamente de robo.

La Caida (Olivier Hirschbiegel)


Luego de la brillante interpretación televisiva de "Hitler", de Robert Carlyle, y por supuesto de mas de 80 representaciones filmicas del lider del fascismo, esta es la primera vez que un grupo de alemanes se pone al frente de un proyecto similar. En abril de 1945, hace 60 años, Adolfo Hitler pasaba los últimos días de su vida y su imperio escondido en un sótano de concreto a 15 metros de profundidad. Las batallas del frente oriental ya no ocurrían en los bosques de Rusia o en las fronteras de Polonia sino en los barrios de Berlín. El ejército soviético estaba apenas a unas cuadras de distancia de los búnkers del Führer.


Este film aleman, dirigido por Oliver Hirschbiegel, presenta los últimos 12 días en la vida de Hitler y el Tercer Reich. Por primera vez en décadas, el cine alemán se atrevió a darle rostro y voz al más vil de los hombres. La historia cinematográfica de la Segunda Guerra Mundial ha sido recordada por la narrativa de las víctimas y los vencedores. El hundimiento ofrece la versión de los verdugos.


Nunca es fàcil ponerse en la piel del lider del terror. Alec Guinness (Los últimos días de Hitler, 1973) y Anthony Hopkins (El búnker, 1981) son algunos de los actores que han aceptado colocarse el bigote ridículo y el peinado engominado que obliga la caracterización del dictador nazi. En La Caida, Bruno Ganz es un Hitler que habla alemán, el segundo luego de la interpretación de Albin Skoda en "El último acto" de George W. Pabst en 1956, y que cuya referencia le sirvió para darle a Ganz la inspiración necesaria para poder afrontar este Hitler totalmente en alemán. El timbre de voz de Hitler presenta al alemán como el idioma perfecto para dar órdenes. La fuerza del lenguaje, aun para los espectadores que no entendemos alemán, le da un realismo brutal a la película.


Antes de La Caida, Bruno Ganz trabajó con Wim Wenders en "El amigo americano" -1977- y fue el ángel Damiel en "Las alas del deseo" -1987-. Ahora Ganz borró de su rostro cualquier rastro de serafín para encarnar al seudónimo del demonio. Ian Kershaw, el biógrafo más importante de Hitler, escribió que es casi imposible hacer una mejor película sobre los días previos al suicidio del Führer. La cinta no presenta al líder aclamado por las masas, sino a un tirano senil que convoca ejércitos inexistentes para defender las últimas posiciones nazis sobre Berlín. Un anciano prematuro aquejado por la paranoia y el mal de párkinson. ¿Cómo un ser tan ordinario logró convencer a su pueblo de que el odio y la guerra eran el mejor camino de la salvación nacional?


La caida llega a todo el mundo despertando polémicas. La crítica más frecuente reitera que la película convierte a Hitler en un ente de carne y hueso. La peor de las bestias queda reducida a la mediocre condición de hijo de vecino. Sin embargo, sólo los locos neonazis pueden sentir compasión por el dictador al borde del colapso físico y mental.


¿Qué servicio se le presta a las víctimas del Holocausto al preservar el mito sobrehumano del principal responsable del genocidio? Ninguno. Adolfo Hitler era un ser humano. Su capacidad para la maldad, su habilidad para contagiar el odio y su organización industrial del genocidio no fueron producto de un ser sobrenatural o una inteligencia extraterrestre. El peor de los monstruos tenía absoluta compatibilidad genética con el resto de nosotros. El responsable directo de la muerte de millones de personas, también era capaz de mostrar dulzura frente a un grupo de niños. El mayor criminal del siglo XX era un caballero con las damas y afectuoso con su mascota canina. Al filmar una película sobre este personaje se corre el riesgo de humanizar a la bestia.


Presentar a Hitler como un miembro más de la especie es un recordatorio vergonzoso de lo que podemos ser capaces. Lo más impactante de la película no es la actuación espeluznante y perfecta de Bruno Ganz, sino el amor, la lealtad y la veneración que sentían los alemanes por el hombre que convirtió a su pueblo en una nación de verdugos y asesinos.


Desde hace 60 años, Alemania ha luchado por encarar los fantasmas de su pasado. En su libro El peso de la culpa Ian Buruma compara los esfuerzos de Japón y Alemania para enfrentar sus atrocidades durante la Segunda Guerra Mundial. Mientras Japón prefiere voltear los ojos hacia otro lado y cambiar la conversación, los alemanes han hecho un esfuerzo colectivo para asumir la responsabilidad de su vergüenza histórica. El hundimiento usa el lente de la cámara para mirar a los ojos a esta pesadilla colectiva.


Hitler se convirtió en líder de Alemania gracias al voto de sus compatriotas, pero su aferramiento al poder por 12 años fue consecuencia de la destrucción de las instituciones que permiten la existencia de la democracia. Un parlamento sólido, una oposición activa y una prensa libre hubieran mitigado su talento para propagar la muerte.


Sesenta años después de que Hitler se dio un tiro en su búnker, nos lamentamos de los desfiguros, las torpezas y las lentitudes de la democracia. Quejarse de las imperfecciones democráticas es uno de los mayores privilegios que puede tener un habitante del planeta Tierra. Las penurias de quienes se lamentan de no tener democracia alguna son sin duda mucho más dolorosas.

Iluminados por el fuego (Tristán Bauer)


"Iluminados por el fuego" narra los recuerdos de Esteban Leguizamón (Gastón Pauls), un hombre de 40 años que, en 1982, cuando te-nía sólo 18, fue llevado como soldado recluta a combatir a las Islas Malvinas. A partir del in-tento de suicidio de uno de sus ex compañeros, Esteban se su-merge en los recuerdos de esa guerra que compartió con otros dos jóvenes reclutas: Vargas, el suicida, y Juan, muerto en combate. Allí aparecen no sólo los horrores propios de la guerra y el padeci-miento del frío y del hambre, sino también las historias de amistad y compañerismo. Desde la mirada de Esteban, la película pone en evidencia la lenta y gradual inmersión de sus frágiles vidas en el co-razón de la muerte misma. A los 20 años de la guerra, Esteban de-cide volver a las islas para reencontrarse con su pasado y cerrar sus viejas heridas.

Good Bye, Lenin! (Wolfgang Becker)



Octubre de 1989 no era el mejor momento para entrar en coma si vivías en Alemania Oriental y eso es precisamente lo que le ocurre a la madre de Alex, una mujer orgullosa de sus ideas socialistas. Alex se ve envuelto en una complicada situación cuando su madre despierta de repente ocho meses después. Ninguna otra cosa podría afectar tanto a su madre como la caída del Muro de Berlín y el triunfo del capitalismo en su amada Alemania Oriental. Para salvar a su madre, Alex convierte el apartamento familiar en una isla anclada en el pasado, una especie de museo del socialismo en el que su madre vive cómodamente creyendo que nada ha cambiado. Lo que empieza como una pequeña mentira piadosa se convierte en una gran estafa cuando la hermana de Alex y algunos vecinos se encargan de mantener la farsa para que la madre de Alex siga creyendo que al final Lenin venció.

lunes, 1 de octubre de 2007

El viento que acaricia el prado (Ken Loach)


Merecida ganadora de la Palma de Oro en la ultima edición del Festival de Cannes, El viento que acaricia el prado (The Wind That Shakes the Barley, 2006) es el gran regreso del inglés Ken Loach a la temática revolucionaria, a la posibilidad de un cambio social radical en un contexto de opresión e injusticias.


Estamos en Irlanda, en 1920. La historia se centra en dos hermanos, Damien (Cillian Murphy), un joven que acaba de terminar la carrera de medicina y planea irse a Londres para completar la residencia, y Teddy (Padraic Delaney), que lidera una rama del Ejercito Republicano Irlandés (Irish Republican Army, IRA) en su lucha por la independencia contra los invasores británicos. Justo antes de partir, Damien presencia terribles actos de brutalidad por parte de las fuerzas inglesas contra los campesinos y trabajadores irlandeses, por lo que reconsidera su posición y decide unirse al IRA junto a su hermano. La violencia aumenta progresivamente cuando los atentados se empiezan a suceder y cuando la corona británica pretende socavar la rebelión a través de salvajes contraataques que tienen por blanco a la población local. Cuando finalmente se concuerda una tregua que obliga a los ingleses a abandonar el país pero somete a Irlanda a la voluntad del Rey, el pueblo irlandés se muestra dividido. A pesar de que el tratado que convalida esta independencia a medias es aprobado, amplios sectores del IRA lo rechazan, por lo que la violencia vuelve a surgir en términos de una guerra civil. Los dos hermanos que antes luchaban codo a codo ahora se ven enfrentados: uno apoyando el tratado (Teddy), y el otro negándolo (Damien). La situación colonial se transmuta en una batalla fraticida.


Como ya lo había hecho en Tierra y libertad (Land and Freedom, 1995) y La canción de Carla (Carla's Song, 1996), Loach, verdadero paladín del cine social inglés, analiza las contradicciones que las propuestas revolucionarias llevan en su ceno, tanto por las discordancias internas y la insensatez de algunas decisiones, como por la violencia excesiva y la recurrente incoherencia ideológica. El director vuelve a combinar con mano maestra un estilo semi documental, paradójicamente muy prolijo y cuidado, con un realismo y una meticulosidad admirable en todos los rubros artísticos y técnicos. A la par de una reconstrucción de época excelente y de maravillosas actuaciones, la sensación de estar presenciando conflictos sociales reales está presente durante toda la proyección. El fin de todo esto no es solo el dejar en claro eso de que los antiguos dominados se convierten fácilmente en los nuevos déspotas, sino también se busca explicitar los hilos imperiales que, ya sin la fuerza militar, intervienen y siguen dominando a través de la política y la economía irlandesa. La influencia británica no se va de un día para otro, la corona apoya la guerra civil con el fin de debilitar el país y conservar su posición hegemónica.
El viento que acaricia el prado construye un lienzo global que pinta magistralmente las distintas aristas del conflicto, tomando el tópico familiar como metáfora directa del trayecto que va desde la unión contra Inglaterra del principio hasta la guerra civil de la segunda etapa, ya expulsados los escuadrones británicos de ocupación. La lucha entre ambos hermanos se inserta dentro de una visión totalizadora que enriquece la comprensión general del período y describe con detalles las diferentes posiciones ante cada alianza y cada ruptura entre los sectores involucrados. Ken Loach se reafirma como un cineasta talentoso y único, capaz de encarar proyectos tan complejos y aparentemente inabarcables como este. Denunciando no solo los asesinatos, torturas y vejámenes perpetrados por los británicos, sino también las contradicciones y paradojas de los oprimidos, el film no evade el dolor y mira de frente al espectador comunicándole que, como decía John Lennon, “si tuvieras la suerte del irlandés, desearías estar muerto”.

El viaje de Chihiro (Hayao Miyazaki)




Chihiro es una niña caprichosa y testaruda de diez años que cree que el universo entero debe someterse a sus deseos. Cuando sus padres – Akio y Yugo – le dicen que tienen que cambiar de casa se pone furiosa y no hace nada para ocultar sus sentimientos. Cuando la familia se marcha, Chihiro se agarra al ramo de flores que le han regalado sus amigos como si llevara en él todos sus recuerdos. Rumbo a su nueva casa, la familia parece equivocarse de camino y de repente se encuentran al final de un misterioso callejón sin salida. Allí se yergue un enorme edificio rojo con un interminable túnel en el centro que parece una boca gigantesca.




El túnel conduce a un pueblo fantasmal donde les espera un magnífico banquete. Akio y Yugo se lanzan sobre la comida. Chihiro mira a sus padres, que siguen devorando plato tras plato, cuando de repente son transformados en cerdos. Sin querer han entrado en un mundo habitado por dioses antiguos y seres mágicos, dominado por la diabólica Yubaba, una arpía hechicera. Yubaba le explica a Chihiro que a los intrusos los transforman en animales y después los matan para comerlos. Los que consiguen escapar de este trágico destino son condenados a morir una vez que se demuestra su inutilidad.




Afortunadamente, Chihiro encuentra un aliado en forma del enigmático Haku. Para postergar su terrible destino y para sobrevivir en este extraño y peligroso mundo debe hacerse útil, debe trabajar. Chihiro sale de su pereza habitual pero a la vez debe renunciar a su humanidad, a sus recuerdos e incluso a su nombre...